Grises, de perfil bajo, desconocidos, sin carisma y con poca experiencia internacional. Son los calificativos que la prensa española ha dedicado al belga Van Rompuy y la británica Catherine Ashton, elegidos respectivamente primer presidente estable del Consejo Europeo y Alta Representante de la UE para la Política Exterior. La noticia de su elección debió de causar sorpresa cuando fue anunciada el jueves por la noche. A unos, porque desconocían que la Unión Europea fuera a elegir estos cargos; y a quienes estaban al corriente, porque los periódicos habían alimentado las expectativas de que los elegidos fueran políticos de renombre capaces de impulsar el adormecido proyecto europeo. Esas expectativas, defraudadas por la elección de Rompuy y Ashton, se han convertido ahora en decepción, pesimismo y críticas a los 27 jefes de gobierno por su poca altura de miras.
Otra de las críticas que se está haciendo a la elección es la falta de transparencia de cara a los ciudadanos, que han presenciado la discusión –en el mejor de los casos- como lejanos espectadores. “Queremos elegir al presidente de la Unión Europea”, he llegado a leer estos días en varios blogs y foros de internet. Comparto el deseo de una elección democrática por parte de los ciudadanos, pero primero habría que decidir qué cargo debe recibir la denominación de “presidente de la Unión Europea”. Extraoficialmente, se le está dando ese sobrenombre al cargo que va a ocupar el belga Rompuy, pero sobre el papel va a ser sólo presidente del Consejo Europeo, y como tal, su principal función es coordinar las reuniones de los 27 jefes de gobierno y tejer consensos entre ellos. Por lo tanto, tiene sentido que su elección recaiga sobre esos jefes de Gobierno, que son quienes forman el Consejo que va a presidir.
Puestos a buscar un cargo al que ascender a “presidente de la Unión Europea” podríamos hacerlo con el presidente de la Comisión, que es la institución comunitaria más parecida a un gabinete de Gobierno con comisarios encargados de diferentes áreas de actuación.
Por lo tanto, antes de elegir a nuestro presidente de la UE, tendríamos que responder a la siguiente pregunta: ¿Quién debe ser el rostro de la Unión, el número al que llamar para hablar con Europa: el presidente del Consejo –órgano intergubernamental- o el de la Comisión –lo más parecido a un poder ejecutivo-? El debate no es banal porque implica visiones distintas del proyecto comunitario. Por un lado, la UE como alianza de 27 gobiernos, cuyos respectivos dirigentes sigan siendo los actores principales de la Unión; y por otro, un proyecto político con instituciones comunes fuertes y elegidas por los ciudadanos.
Una vez cuestionado que Rompuy estuviera llamado a ser el “presidente de la UE”, resulta más preocupante la elección de Catherine Ashton como Alta Representante para la Política Exterior y vicepresidenta de la Comisión Europea, pues tendrá a su cargo el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), que será la mayor red diplomática del mundo, con 130 embajadas y 6700 empleados. Ashton no tiene ninguna experiencia diplomática y era desconocida incluso en su propio país. Ha jugado a su favor ser británica –les ha salido bien la insistencia en Tony Blair- y ser mujer, dada la escasa presencia femenina en la cúpula de la Unión Europea. En este sentido, Zapatero dice haber jugado un papel clave pues era partidario de que fuera una mujer la elegida por los socialistas europeos para el puesto de Alto Representante. Podían haber elegido a una mujer que hubiera trabajado en política exterior, pero es un detalle –la falta de experiencia- al que Zapatero restó importancia tras la decisión: “Yo he llegado a presidente sin haber sido ministro ni ostentado ningún cargo ejecutivo”. Sin duda, un ejemplo a seguir.