Me sorprende especialmente uno de los argumentos que están empleando algunos dirigentes del PSOE para defender la subida de impuestos que tendremos el próximo año. Tratan de convencernos de lo buenos que fueron al bajarlos cuando vivíamos todos en una gran burbuja; y explican que ahora, cuando las vacas se han vuelto flacas, tenemos que apretarnos el cinturón y hacer un esfuerzo de solidaridad. Efectivamente, este Gobierno bajó los impuestos cuando crecíamos y los va a subir justo cuando estamos decreciendo. Es un ejemplo casi perfecto de política fiscal procíclica: favorable al crecimiento cuando ya se está produciendo, y viceversa, desfavorable al crecimiento cuando la economía está en caída. La excepción son los 400 euros, una bajada de impuestos (en forma de devolución) aprobada justo cuando se vislumbraron los malos tiempos. Es muy discutible su linealidad, y por tanto su falta de progresividad, pero hay que reconocer como positivo su objetivo anticíclico: impulsar el consumo precisamente cuando está cayendo.
Además de los 400 euros, otras medidas (no fiscales) tomadas por el Gobierno para hacer frente a la crisis, como el Plan E, han sido anticíclicas. Y el meollo de cualquier política económica expansiva (favorecedora del crecimiento) es de dónde sacar el dinero necesario para financiarla. En el caso que nos ocupa, cómo financiar el plan de obras municipales o las ayudas a la compra de coches. Sólo hay dos opciones: subir los impuestos o aumentar el déficit. La primera solución es contradictoria con el objetivo expansivo y anticíclico que se persigue, y la segunda, peligrosa a largo plazo. Zapatero ha optado por controlar el creciente déficit (con el que se han financiado las inversiones) subiendo los impuestos, pero antes de tiempo: cuando todavía no hemos vuelto a crecer. Otro tema es en qué va a consistir esa subida de impuestos y quiénes la van a sufrir especialmente, pero de eso hablamos más adelante.

