En frío, los políticos nos obsequian con palabras solemnes y frases grandilocuentes. “Si hubiera algún corrupto en mi equipo”, decía Pedro Sanz en julio de 2009, “me dura 24 horas”. Ni un minuto más, ni uno menos; la promesa de Sanz era contundente: cese fulminante. Sanz hizo estas declaraciones en pleno apogeo del caso Gürtel, desde la frialdad que da sentirse –él mismo y su gobierno- libre de toda culpa.
En caliente, las cosas se ven de otro color, desde otra perspectiva bien distinta. Hace unos días, en una acalorada conversación con periodistas, el padre de la vicepresidenta Vallejo llamó “ladrón” a otro consejero del mismo gobierno. Y, por anodino que resulte, nadie ha dicho nada. La hija no ha disculpado a su padre, alegando mala vejez o enajenación mental transitoria, ni ha salido en defensa de Erro, con quien lleva tres lustros compartiendo asiento en las reuniones del Consejo de Gobierno. Por su parte, el acusado de hurto o robo –según la RAE- se ha limitado a minimizar la importancia del “comentario acalorado” del cabeza de familia del clan Vallejo.

