Escribir

Una amiga me envía un mensaje por WhatsApp desde Londres: “Deberías escribir más a menudo”. Un recuerdo de los días en que nos conocimos, cuatro septiembres atrás, la ha traído a este blog abandonado. Y su mensaje me ha arrastrado a mí unas horas después.

Hace años que no escribo sólo por el placer de liberar ideas que vagan por la cabeza y jugar con las palabras. Llevo demasiado tiempo escribiendo sólo por obligación, siempre en tercera persona, con una estructura más o menos prefijada y un contenido que la mente procesa pero no construye desde cero. Son textos con pretensión de veracidad y un objetivo comunicativo concreto, y esos rasgos imponen presión a la escritura. Cualquier tema tiene tantas vertientes, tantos matices, que es fácil caer en el miedo a la inexactitud o el desenfoque. Una presión que se añade a la de combinar palabras, puntos y comas de la forma más armónica posible. Porque escribir es también una forma de artesanía: la única al alcance de los torpes y los manazas.

Escribir por puro placer sobre las ideas que vagan por la cabeza libera la escritura de presiones y rigideces. Permite disfrutar más libremente de la orfebrería de las palabras. Y, al mismo tiempo, al reunir ideas dispersas y darles una estructura, produce una cierta sensación de liberación y calma. Como si nuestra mente desocupara espacio para retener nuevas ideas que pasan fugaces por el pensamiento en el día a día. Muchas de esas ideas no suelen compartirse oralmente por convencionalismos: silencios socialmente impuestos que vetan emociones y reflexiones íntimas. Son el precio de la normalidad.

Sin la escritura, millones de ideas quedarían atrapadas en la soledad de nuestras mentes y terminarían por evaporarse con el paso del tiempo. Las palabras nos permiten inmortalizarlas y transformarlas en experiencias compartidas que se enriquecen con nuevas aportaciones.

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