Distancias

Cuarenta minutos de trayecto entre el piso que compartía en Marqués de Vadillo y el campus de la universidad. Una distancia recorrida durante meses de lunes a viernes y a razón de dos trayectos al día. Primero unos minutos de paseo por el Madrid Río (entonces recién estrenado) para coger el autobús urbano a Plaza Elíptica y de allí un autobús verde interurbano hasta la autoproclamada capital del Sur.

Cuarenta minutos de un desplazamiento repetido día tras día. Una rutina rota solo por pequeñas variaciones: el retraso de un autobús, la longitud de la fila de espera del siguiente o las paradas en las que alguien pulsaba el botón para bajarse. Pequeñas notas de color en un trayecto que acumulaba caras fijas a medida que se repetía día tras día: las de los conductores que se turnaban para cubrir la línea y las de los pasajeros habituales. Entre estas últimas caras, alguien que compartía el trayecto completo: los cuarenta minutos de rutina entre el barrio y la universidad.

Compartimos esperas en la parada del autobús y colas en la puerta de salida del interurbano. Separados solo por unos pocos pasos, recorríamos juntos la pequeña distancia que separaba la parada de llegada de un autobús y la puerta de salida del siguiente. Nos bajábamos en la misma parada, en la calle Madrid de Getafe, y caminábamos separados por esos pocos pasos hacia los edificios de la univerisdad.

Al cabo de las semanas, empezamos a saludarnos en nuestro encuentro matutino en la parada del autobús, pero seguimos respetando esa prudente distancia que nos separaba dentro del autobús y fuera de él. Nunca compartimos asientos contiguos ni caminamos a la par en los pequeños trayectos compartidos a pie.  El discreto saludo matutino acabó formando parte de la rutina y lo repetíamos si a lo largo del día nos volvíamos a cruzar en la universidad o si el fin de semana coincidíamos en la estación de metro del barrio —él con su novia, yo solo—.

Por lo demás, ambos mantuvimos escrupulosamete las distancias como si tuviéramos un pacto implícito para que el rutinario comienzo del día siguiera siendo un poco íntimo y solitario. Nunca hubo una palabra más ni una tímida aproximación. Era una rutina con dos distancias: los cuarenta minutos de trayecto y los pasos de separación entre nosotros. La vida está llena de distancias: unas se respetan mientras que otras acaban rompiéndose; algunas se acortan y otras se alargan.

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1 comentario

  1. Me alegro de que hayas retomado el blog, Pablo.

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