¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?

Llevo más de quince minutos sentado frente a la pantalla del ordenador saltando de pestaña en pestaña por Internet. De Twitter a Facebook; de Facebook a Gmail; de Gmail a algún periódico digital; y desde allí otro ‘clic’ y vuelta a Twitter. Con la rueda del ratón asciendo y desciendo a gran velocidad por las páginas y, de vez en cuando, pincho aleatoriamente en algún hipervínculo que me lleve a otra página por la que subir y bajar rápidamente, de forma casi instintiva, sin apenas prestar atención a su contenido.

Solo he logrado centrarme en la escritura de estas líneas cuando, en vista del tiempo malgastado, he cerrado el resto de pestañas del navegador y solo he dejado abierto el programa de edición de WordPress. Aun así, mientras tecleo estos primeros párrafos no he resistido la tentación de volver a abrir Twitter, comprobar que no hay nuevas menciones, y regresar rápidamente a esta pestaña, no sin antes hacer girar un poco la rueda del ratón hacia  arriba y hacia abajo. Hacia ninguna parte en realidad.

Lejos de ser un problema puntual, esta dificultad para concentrarme se repite con demasiada frecuencia cuando enciendo el ordenador y me conecto a la Red. Internet ofrece tantas posibilidades de distracción, accesibles con un solo ‘clic’ en la misma pantalla, que a nuestros espíritus perezosos les cuesta un esfuerzo enorme centrar toda la atención en una sola ventana, en una única pestaña, en la lectura o la escritura de un solo texto lineal. Después de algunos años utilizando a diario el ordenador, me di cuenta de la cantidad de tiempo que desperdiciaba vagando por la Web sin ningún rumbo fijo, y lo que es aún peor: distrayéndome de aquello que realmente tenía que hacer e incapaz de concentrarme durante un tiempo suficiente en una sola actividad.

Con la explosión de las redes sociales abrí cuentas en Facebook y Twitter y los problemas de concentración han ido en aumento. Internet acapara cada vez más mi tiempo y mi atención. Casi a diario, nada más entrar por la puerta de casa, siento la necesidad de encender el ordenador y trasladarme al mundo digital a través de la pantalla. El problema es que una vez conectado me distraigo con cualquier estímulo y permanezco conectado a la Red mucho más tiempo del necesario.

Algunas noches, después incluso de haber recorrido todos los sitios recorribles, me resisto a apagar el ordenador a la espera de nuevos ‘tuits’, actualizaciones de Facebook o correos electrónicos. Temo que algo nuevo ocurra de repente y yo no esté conectado para vivirlo en directo. Pero lo cierto es que nunca ocurre nada; y yo retraso estúpidamente el momento de desconectar, apagarlo todo e irme analógicamente a la cama. Lo peor de todo es que, además, la sobreestimulación a la que nos expone Internet tiene un enorme poder para desvelarnos.

Al padecer todos estos síntomas y alguno más, empecé a pensar que Internet ejercía en mí un efecto parecido al de una droga que nos atrapa, pero no para concentrarnos en algo —como ocurre con un buen libro— sino para distaernos y dispersar nuestra atención. Nunca un aparato nos había expuesto a los seres humanos a tal concentración de estímulos como la que nos ofrece un ordenador con conexión a Internet. ¿Y si nos estuviéramos acostumbrando a una dosis tan alta que no solo tiene efectos adictivos sino que, además, hace que el resto de actividades (con menos estímulos) nos resulten más costosas? Quizá la pantalla nos ofrezca tanta distracción que leer un libro sea cada vez más difícil. Y mientras tanto, nos estamos obsesionando con la inmediatez y con la conexión, queremos estar permanentemente conectados, pero nos alejamos sin darnos cuenta del mundo real y tangible.

Preocupado por todas estas cuestiones, he leído con gran interés el último libro del escritor norteamericano Nicholas Carr: ‘Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’. No es ningún panfleto contra Internet, ni mucho menos contra el progreso tecnológico, sino una reflexión razonada y apoyada  en numerosos estudios científicos. Carr explica cómo la plasticidad del cerebro hace que nuestras estructuras neuronales cambien en función de las actividades que realizamos reiteradamente y de las tecnologías que empleamos.

Los mapas, los relojes o los libros no solo son instrumentos que utilizamos para una determinada finalidad sino que han influenciado nuestra forma de pensar y han provocado cambios en nuestro cerebro. La tecnología nos moldea; no es inocua para nuestras mentes. La tecnología del libro, dice Carr, nos configuró para la concentración en la lectura y para la reflexión profunda y sosegada; Internet, en cambio, es una “tecnología de la distracción” que dispersa nuestra atención. Al someternos a tantos estímulos al mismo tiempo, el cerebro se ocupa en actividades más superfluas que lo saturan e impiden formas de conocimiento y reflexión más profundas.

Merece la pena desconectar unas cuentas horas de la Red y sumergirse en las páginas de ‘Superficiales’ para conocer cómo funcionan las neuronas y las sinapsis de nuestro cerebro, cuáles son los efectos del hipertexto sobre el conocimiento humano y por qué la “inteligencia artificial” no es sustituta de la humana. Hay que leerlo, no para abandonar Internet, sino para conocer sus efectos y utilizarlo de forma más consciente.

Be Sociable, Share!

Tags: , , , , , , , , , , , , ,

2 comentarios

  1. Es difícil imaginar la vida sin Internet, pero hasta hace nada no lo teníamos… Creo que la superficialidad es una característica de la sociedad actual y por eso ha tenido tanto éxito lo de estar conectados a todas horas, como si lo importante fuera la rapidez en el envío y no el contenido. Pero hablar por hablar a menudo es sólo perder el tiempo.

  2. Buen artículo my friend! Hace tiempo que no escribías nada y hace tiempo que andaba visitando el blog.

    Espero que te vaya todo bien y a ver si el próximo tarda algo menos en salir ;)

    Cuídate

    PD: soy Diego, del curso de verano de inglés. ¿Te acuerdas?

Deja un comentario