
Me gustan las mermeladas de frutas del bosque, excepto la de arándanos, que a mi paladar le resulta un poco fuerte y sólo la tolera en pequeñas dosis por tostada. Las de fresas, frambuesas, moras o grosellas están riquísimas y a años luz de esas mermeladas gelatinosas que venden los supermecados españoles. Aquí, al abrir el tarro cada mañana, la cuchara se tropieza inevitablemente con voluminosos trozos de fruta, y el olor y el sabor me recuerdan a esas pequeñas recolecciones de moras y mayatas (fresas silvestres) de los veranos en Torrecilla. Nada que ver con las mermeladas industriales con sabor a concentrado de frutas; las de aquí son de verdad: como las que hacían mis abuelos en el pueblo.
Me gusta vivir rodeado de pequeños bosques convertidos en parques tan naturales que no necesitan los cuidadados de ningún servicio municipal de aguas y jardines. Disfruto atravesándolos cada día para ir a la estación de trenes o a la autovía desde donde cogemos el autobús en dirección al centro de la ciudad. Mientras los recorro, pienso que estoy de paseo en un día de asueto, aunque en realidad vaya con el tiempo justo para llegar a clase. Cuando el reloj lo permite, me desvío del camino principal durante unos minutos para sentirme aún más lejos de la civilización. Dejo de andar y miro alrededor y también hacia arriba: a las copas de los árboles. Todo está blanco, como en las postales navideñas, y aunque no hay mucha luz, el reflejo de la nieve ilumina la estampa.
Sudar, esa asquerosidad tan veraniega, que nos pega la ropa al cuerpo, se convierte en un pequeño placer relajante cuando se produce dentro de una sauna finlandesa. La tensión arterial baja, y si consigues evitar que la temperatura excesiva te agobie, diez minutos segregando sudor te liberan un poco de los estreses y las preocupaciones del día. También acompañan el olor a madera, la luz tenue del lugar, y una buena ducha posterior con agua templada, para compensar el acaloramiento. Si al plan le añadimos conversación relajada con amigos y sidra en lata (peor que la asturiana, claro), es fácil entender por qué los finlandeses van a la sauna como quien se va de cañas.
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Muy bonito post.
Cuídate, Pablo
Espero que disfrutes todo lo que puedas de tu estancia en Helsinki, al menos, o especialmente, de esos ratos de naturaleza, mermeladas y sauna que tan bien has descrito. Por cierto ¿has visitado ya el Finlandia Hall? Un abrazo.