Los mercados financieros han castigado duramente a España en la semana que hemos dejado atrás. Por un lado, los inversores han vuelto a exigir mayor rentabilidad a las nuevas emisiones de bonos del Tesoro, lo que se traduce en un encarecimiento del endeudamiento para el Estado. Un sobrecoste que pagamos entre todos y que ya sufrimos en diciembre cuando una de las agencias calificadoras (Standard & Poor’s) amenazó con revisar la valoración de nuestra deuda pública. España se vio obligada entonces a ofrecer más rentabilidad en la inminente subasta de bonos.
También ha habido movimientos esta semana en el complejo mercado de los derivados financieros, donde el coste de asegurarse contra el impago de la deuda española alcanzó el viernes máximos históricos. El precio de estos “seguros” (Credit Default Swaps, CDS) y la rentabilidad exigida a los bonos sirven para medir la percepción de riesgo que los inversores internacionales tienen de nuestro país. Pero se trata de una percepción interesada: los compradores de bonos salen ganando si aumenta su rentabilidad y la subida de los CDS da cuantiosas ganancias a quienes los adquirieron mucho más baratos hace sólo unos meses.
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