La noticia, publicada hoy por La Vanguardia, debe obligar a reflexionar al sistema educativo, a los políticos y a los medios de comunicación. En estas semanas en las que tanto se habla de la violencia machista y de las desigualdades que sufren las mujeres, ocurre que, como de costumbre, la homofobia y sus múltiples manifestaciones apenas tienen cabida en los medios, y contra los problemas desconocidos no se actúa.
Varios estudios han puesto el problema sobre la mesa con conclusiones alarmantes y, sin embargo, las soluciones brillan por su ausencia. Los institutos no son un lugar seguro para los adolescentes homosexuales y transexuales, que sufren acoso y vejaciones por parte de sus compañeros y profesores, y a menudo no cuentan siquiera con el apoyo de sus padres, a diferencia de lo que ocurre con otros tipos de bullying. Además, el sistema educativo no contempla lo sufiente la diversidad afectivo-sexual y los adolescentes que descubren su orientación sexual distinta a la mayoritaria se enfrentan a numerosos miedos y problemas.
En una entrevista para la revista Mundo Joven, de la Fundación Triángulo, me preguntaron hace unos meses por los cambios que se debían producir en el sistema educativo y esto es lo que les conté:
“A lo largo de todo el sistema educativo se tiene que incluir de forma transversal la diversidad afectivo-sexual, hablando de las sexualidades minoritarias como una realidad que se produce dentro del aula y no como algo ajeno que padecen extraterrestres. Lo que ocurre es que la transversalidad muchas veces se queda en papel mojado, en declaración de propósitos o de buenas intenciones, y por eso también es necesaria una asignatura con un temario concreto como es Educación para la Ciudadanía. De todas formas, cuando hablo de transversalidad no me refiero a nada abstracto, sino a que los libros de texto de cualquier materia utilicen como ejemplos a familias homoparentales o a que en las asignaturas de inglés o francés se puedan traducir frases como “A Juan le gusta Mario” o “Carmen está enamorada de Ana”.
Además, es necesario perseguir el bullyng homofóbico, y visibilizarlo, es decir, ponerle el apellido de homofóbico si la causa de ese acoso es la supuesta homosexualidad del alumno. Los padres, profesores y directores de centros no pueden continuar ocultando o restando importancia a esta problemática.
Por último, para que el sistema educativo cambie y permita el libre desarrollo de los adolescentes lgtb, creo que es imprescindible apostar por una educación pública y laica. No se puede dejar la formación de niños y adolescentes en manos de organizaciones que consideran la homosexualidad una enfermedad o que piden ‘compasión’ hacia gays y lesbianas. El 18 de junio de 2005, en aquella manifestación contra el matrimonio y la adopción homosexual, a algunos se les llenaba la boca al hablar del “interés del menor”, pero luego siempre ponen por encima el derecho de los padres a decidir la educación sus hijos. Menuda incoherencia. Hay que poner siempre por delante el derecho de todos los menores, sea cual sea su orientación sexual, a recibir una educación que les permita el desarrollo libre y armónico de su afectividad y su sexualidad.”
Hay que atajar ya esta lacra social, sin dilación, excusas ni prórrogas. Hace falta un compromiso decidido por parte de las administraciones y valentía para no achantarse ante las presiones de los de siempre.










nose tio.. eso de que los institutos no son lugar seguro para los jovenes homosexuales y transexuales… en mi instituto hay de todo , y nunca a habido ningun problema, ademas como tu sabes yo tengo amigos homosexuales, transexuales y heterosexuales y sinceramente todos son bellisimas personas.
También es verdad que existen casos aislados, pero creo que en general los jovenes españoles somos bastante respetuosos e inteligentes, como para tratar a todos por igual.
un gran abrazo pablo!!!
MIKEL